[Literatura] Historia destacada del taller: "Secuencia Urbana"
- Franco Meza Lopez
- 3 oct
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 5 nov
Cada dos semanas, un alumno del Taller de Escritura Creativa compartirá una historia breve escrita durante el año.
SECUENCIA URBANA
Parado en la esquina de Callao y Rivadavia, en diagonal al Congreso, observando la
cúpula del antiguo edificio, conté los ventanales de la cúpula: veinticuatro. En los días
patrios la cúpula llega a iluminar Avenida de Mayo.
Doy vuelta a la manzana: conté pasos en las cuatro calles. Rivadavia 137. Hipólito
Yrigoyen 138. Entre Ríos y Combate de los Pozos 135 —siempre menos—. Antes de
1947, me dijeron, Yrigoyen era Victoria; lo anoto en mi libreta porque hay cosas que son
para recordar. Tengo que volver a hacer la visita guiada para saber más detalles.
Emprendo mi caminata hasta Avenida Santa Fe. Camino siempre sobre las veredas impares
a la ida, tratando de no pisar las líneas del piso y contando los pasos, que no deben ser ni muy largos ni muy cortos.
Como ya es primavera, los puestos están rebosantes de flores de infinidad de colores. Las
únicas que no me gustan son las amarillas. Me dirijo a la calle Bartolomé Mitre.
Mi psicóloga Pamela me dice que soy de los casos más difíciles porque soy de los que tienen
que lidiar con su propia mente y sus estructuras. En todas las pruebas de matemática me saco 10, en física también. Soy mejor que mis compañeros. Me pregunto cuántos números 1 y
cuántos 0 hay en las chapas de los edificios de esta cuadra.
Llegando a Perón, que antes se llamaba Cangallo según mi abuelo, se forma un vértice
perfecto en la esquina, que cuido especialmente de no pisar, ya que la línea está pintada de
amarillo. Nunca hay que pisar sobre ese color. Cruzo la calle. De repente me habla el único
encargado que me saluda en toda la avenida. No sé cómo responder; quizá quiere que me
pare un rato para charlar con él. El otro día lo hice. Le conté un montón de cosas de mi vida
y me dijo: —Bueno, que te vaya bien, pibe.
Llegué a Sarmiento. Me cuesta saber si alguien quiere hablar conmigo o sólo está siendo
educado. La diferencia nunca está en las palabras, pero no sé dónde está. Quizá esté en los
silencios. No entiendo cuándo un silencio es incómodo y cuándo no. Para mí, todos los
silencios son correctos. A veces es mejor quedarse en callado para no sentir otra vez la
frustración. Dice Pamela, pensá despacio.
En Corrientes, siempre pasa lo mismo: no se puede cruzar en la esquina; hay que caminar
unos metros hasta el cruce peatonal. Me preocupa hablar con las personas, pero todo el tiempo tengo que hacerlo. Muchas veces a mis terapeutas no les quiero hablar, y ellos insisten en preguntarme cómo estoy, si estoy contento, cómo me fue en el colegio o en fútbol. No sé qué responder.
Cuando veo de lejos el bar Los Galgos, me doy cuenta de que llego a Lavalle. Busco en mi
mente un espacio en blanco y empiezo a escribir fórmulas matemáticas, números binarios.
Recuerdo momentos a veces.
En la última sesión de Pamela, le pregunté sí sabía sobre las secuencias 0, 1, 1, 2, 3, 5, 8. Me
dijo que no... muy poca gente sabe de las cosas que son importantes. Le expliqué el proceso,
se lo escribí, le dije que eso es la Sucesión de Fibonacci. ¡Me puso una cara!... Se fue, creo
que se preparó un té y me dijo: —Grego, ¿querés tomar un vaso de agua? No me volvió a
hablar y me dejó dibujar tirado en el piso, como a mí me gusta.
Tucumán y Viamonte son los tramos que más me relajan porque puedo pensar libre. Avenida
Córdoba es un desafío; me gusta pararme en la esquina a contar los autos amarillos y rojos
que pasan durante 5 minutos. Una señora de anteojos oscuros que paseaba su caniche toy
blanco, se detuvo a mirarme y me pregunta qué estoy haciendo. Le cuento mi estrategia. Me
contesta “Mirá vos”.
Después sigo hasta Paraguay. Una cuadra de plaza y de miradas. Me siento otra vez en una
sociedad que me observa y me juzga. Me siento raro; me doy cuenta de que mis respuestas
no son para las preguntas que me hacen. De cualquier forma, las respuestas correctas no las
sé.
Marcelo T. de Alvear me salva del acoso social y me vuelvo a meter de lleno en mis
pensamientos. El otro día vino una compañera nueva a mi escuela. Su pelo rubio parecía
salido de un cuento. Yo le acaricié la cara y el pelo y se lo dije: “Sos hermosa”. Lo que vino
después no lo entendí. Se enojó y me gritó. En un minuto o dos la tenía a la directora con su
discurso policial. Fui a la Dirección. Parecía que me habían suspendido. Al otro día tenía que
volver una vez más acompañado de mis padres. Mis compañeros tuvieron que aclarar que yo
era un buen chico, aunque era especial, con particularidades y algunas curiosidades. Tuvieron que decir que ellos me querían un montón y que soy una gran persona y que la mayoría me conocían desde primer grado de la primaria.
Ahora, mi nueva compañera me volvió a saludar porque mis amigos le pidieron por mí. Yo
solo la saludo con palmada y puño. Todavía no le volví a hablar. Me gustaría que fuera mi
novia antes de que termine el año; creo que voy a hacer una reunión con ella y con Pamela
para que todo resulte bien.
Mi caminata termina en Santa Fe. La secuencia nunca termina. Vuelvo por la mano par, como todos los días.
Martín Lami
02/10/2025



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